miércoles, 14 de noviembre de 2007

Alberto Flores Galindo visto por Peter Elmore. Revista Quehacer.

De: Walter Saavedra - ching_tien_tao@yahoo.com
Fecha: Mié, 14 de Nov, 2007 4:17 pm
Asunto: Alberto Flores Galindo visto por Peter Elmore. Revista Quehacer.

Luis Miguel escribió:



Alberto Flores Galindo: El camino de los Andes


Peter Elmore*




Jorge Basadre
En una de las apostillas que Jorge Basadre agregó en 1978 a Perú, problema y posibilidad, su ensayo de 1931, se lee el siguiente juicio: «El fenómeno más importante en la cultura peruana del siglo XX es el aumento de la toma de conciencia acerca del indio entre escritores, artistas, hombres de ciencia y políticos» (p. 292). La sentencia, aparte de escueta y categórica, es también irrefutable: lo indio y lo andino —que, por cierto, no son sinónimos— marcaron a buena parte de lo más innovador, radical y crítico que durante el siglo pasado ofrecieron la imaginación y el pensamiento peruanos. Basadre —que en 1947 acuñó la frase «Perú profundo» para referirse al interior andino y popular del país— murió en 1980, cinco años antes de que Alberto Flores Galindo publicara Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes. Ese libro —el más leído y citado de su autor— no solo confirma la afirmación de Basadre, sino que en cierto sentido la circunscribe y la perfila: el ambicioso ensayo de Flores Galindo es el último de los libros cruciales que en el siglo XX se ocuparon de la huella y la presencia de lo andino en la sociedad peruana
Significativamente, la primera oración de Buscando un Inca alude a la observación de Basadre que acabo de citar: «Decía el historiador Jorge Basadre que la toma de conciencia acerca del indio ha sido el aporte más significativo de la intelectualidad peruana en este siglo» (p. 17). Un cotejo de la cita literal y de la paráfrasis muestra, creo, una diferencia de énfasis y de matiz: para Basadre, la toma de conciencia sobre la condición y la cultura del indígena es un ‘fenómeno’; Tito Flores, al recordar la frase del autor de Perú, problema y posibilidad, prefiere la palabra ‘aporte’. Es, precisamente, como una contribución —es decir, como un acto de voluntaria entrega y servicio— que el historiador ofrece el que habría de ser su último libro: su posición y su actitud son las del intelectual comprometido y, si se quiere, militante (aunque, por supuesto, no insinúo que Buscando un Inca fuese un encargo partidario).
Aunque lleno de posibilidades, 1985 fue un año tortuoso y violento: la izquierda legal era una de las fuerzas políticas más importantes del país; el Apra, remozada por un discurso socialdemócrata y un candidato entonces joven y carismático, estaba a punto de acceder por primera vez en su historia a la presidencia de la república; actuaba, impetuosa y disciplinada, la guerrilla más activa de América Latina. Por el otro lado, el vuelco a la derecha que había impuesto la ciudadanía en 1980, cuando Fernando Belaunde fue ungido presidente del Perú por segunda y última vez, se había revertido por completo y la coalición centroderechista AP-PPC llegaba, a duras penas y sin ninguna gloria, al fin de su camino. Los años en los que Tito Flores escribió Buscando un Inca están sellados por las esperanzas —y los temores— de un cambio radical. Para los intelectuales de la generación del 68 —como llamó Flores Galindo a su propia promoción— la crisis y el conflicto podían ser también fuentes de entusiasmo y energía. Lo fueron, marcadamente, en el caso de Tito Flores Galindo, para quien la revolución era el más deseable de los horizontes posibles. La revolución que podía nacer de las ruinas del viejo orden tendría en los Andes su centro de gravedad y en las masas andinas su caudal más vasto: Flores Galindo —como la gran mayoría de quienes adhirieron a la Nueva Izquierda de los años sesenta, nacida al calor de la Revolución Cubana y bajo el amparo ideológico de José Carlos Mariátegui— creía en un socialismo que, contra las corrientes de la dominación colonial y del racismo republicano, reivindicara al mundo y al hombre andinos. Sin embargo, Sendero Luminoso, pronunciándose con apagones y masacres, parecía la pesadilla viva y presente del sueño radical que la izquierda mariateguista situaba en un futuro aún distante y problemático. La violencia senderista había irrumpido a sangre y fuego en Ayacucho, allí donde siglos antes ocurriera el Taqui Onqoy, el primer movimiento mesiánico contra la ocupación colonial de los Andes. Flores Galindo jamás insinuó que Sendero Luminoso fuera un movimiento de índole milenarista, aunque durante los primeros años de la guerra interna no fueron pocos (Gustavo Gorriti y Pablo Macera, por dar dos ejemplos) quienes le atribuyeron ese sesgo. Lo que sí lo inquietó e interpeló fue, sin duda, el imaginario de la violencia y del cambio radical en los Andes peruanos. Para entender y detallar la historia de ese imaginario concibió, justamente, la noción de «utopía andina».
La «utopía andina» —esa visión cuya biografía e itinerario traza Flores Galindo, con brillo y con brío, en Buscando un Inca— no es el nombre peruano de la utopía socialista, pero el deseo del historiador es que la primera alimente el cauce de la segunda: «Quede claro, entonces, que no estamos proponiendo la necesidad de prolongar la utopía andina. La historia debe servir para liberarnos del pasado y no para permanecer —como diría Aníbal Quijano— encerrados en esas cárceles de “larga duración” que son las ideas. Las creaciones del imaginario colectivo son instrumentos sobre los cuales los hombres nunca deberían perder el control. Dominados por fantasmas, es imposible enfrentar a cualquier futuro. El desafío consiste en crear nuevas ideas y nuevos mitos. Pero es evidente que no se trata de tirar todo por la borda y prescindir del pasado» (p. 417).
El hecho colonial fue un cataclismo que fragmentó al mundo andino. Ante la opresiva presencia española, la idea del retorno del Inca Rey habría servido, en la imaginación y la esperanza de muchos de los vencidos, como imagen de la salud restaurada y la unidad recobrada del cuerpo colectivo. El futuro estaba en el pasado. Uno recuerda, entonces, que la palabra revolución significa, también, vuelta. Esa visión idealizada y mítica del Incario, sin embargo, no salió directamente del humo y el fuego de la Conquista. Sabemos que los españoles, al llegar al Tahuantinsuyo, contaron con el apoyo de pueblos indígenas que veían a los cusqueños como opresores. De hecho, la primera reacción contra el dominio colonial —el movimiento del Taqui Onqoy, o de la «enfermedad del baile», que durante la década de 1560 se localizó en Hua-manga— predicaba el retorno de las huacas locales y no el de la autoridad del Inca. Será sobre todo después de la ejecución en 1572 de Túpac Amaru I, el último de los incas rebeldes de Vilcabamba, que el nativismo popular indígena se encuentre y se funda con el proyecto frustrado de la élite incaica: «La idea de un regreso del inca no apareció de manera espontánea en la cultura andina. No se trató de una respuesta mecánica a la dominación colonial. En la memoria, previamente, se reconstruyó el pasado andino y se transformó para convertirlo en una alternativa al presente. Este es un rasgo distintivo de la utopía andina. La ciudad ideal no queda fuera de la historia o, remotamente, al inicio de los tiempos. Por el contrario, es un acontecimiento histórico. Ha existido. Tiene un nombre: el Tahuantinsuyo. Unos gobernantes: los incas. Una capital: el Cuzco. El contenido que guarda esta construcción ha sido cambiado para imaginar un reino sin hambre, sin explotación y donde los hombres andinos vuelvan a gobernar. El fin del desorden y de la oscuridad. Inca significa idea o principio ordenador» (p. 53).
La idea y el deseo de un orden autónomo y justo, basado en los intereses locales y no en las necesidades de potencias externas, habría de tener una poderosa resonancia en la historia y la memoria peruanas. Hacia 1742, un indio piro guiaría desde el Cusco hasta el Gran Pajonal a un hombre de origen misterioso que se hacía llamar Juan Santos Atahualpa y que, a la cabeza de grupos selváticos, combatió a las autoridades españolas sin ser jamás doblegado. En 1780, durante lo que en su propio tiempo se conoció como la Gran Rebelión, un curaca que leía ávidamente los Comentarios reales se declaró sucesor del ancestro cuya muerte originó el relato de Inkarri y, con el nombre de Túpac Amaru II, dirigió la mayor rebelión indígena que haya conocido el Perú. Estos ejemplos revelan que la utopía andina no fue una mera ilusión compensatoria, sino una fuerza capaz de movilizar multitudes. Aquí conviene aclarar que la utopía andina no es ni un programa ni una doctrina: se trata de una visión, antes que de un punto de vista. Más aún, el término engloba varios modos de imaginar y vivir la esperanza del retorno del bien perdido. Así, para Túpac Amaru II, la victoria de su movimiento habría de traducirse en una sociedad multiétnica desde cuya cima gobernara, benévolamente, un monarca indígena. En contraste, para los campesinos quechuahablantes que se plegaron a su llamado, la vuelta del inca significaba la afirmación tajante de su propia cultura y la erradicación no solo de los españoles, sino de todos los que habían oprimido y menospreciado a los indios. Como dice Flores Galindo: «En la revolución tupamarista convivían dos fuerzas que terminaron encontradas» (p. 156). Ambas tienen en común el mismo tropo —la restauración del Incario—, pero cada cual le da a este un sentido y una proyección distintos


Alberto Flores Galindo
Como bien hace notar Flores Galindo, uno de los efectos del tumultuoso movimiento de 1780-1782 fue el de reafirmar y avivar el rechazo a lo indígena entre las élites criollas, que identificaron al mundo andino con el atraso y la barbarie. El racismo republicano sería, así, mucho más que la mera prolongación pasiva de viejos prejuicios coloniales; en él cabría ver una reacción vehemente frente a la posibilidad de un cataclismo social. Visto de ese modo, el racismo antiindígena —esa mezcla tóxica de miedo y desprecio a la población mayoritaria— habría sido el puente que une los siglos de la Colonia a los tiempos de la República. Después de aplastada la rebelión tupa-marista, las autoridades se proponen —inútilmente, a la larga— extirpar de las mentes todo vestigio de la cultura india, tanto en su vertiente popular como en la de élite: «Atribuyendo el estallido de la rebelión no solo a factores económicos (los repartos) sino también a factores culturales, la administración colonial arremete contra todo lo que podría ser considerado como cultura andina: prohíben el teatro y la pintura indígena, la lectura de los Comentarios reales, el uso del quechua, la vestimenta tradicional. ¿Etnocidio? Lo cierto es que el indio comienza a ser tan menospreciado como temido por quienes no lo son» (p. 269). El octavo de los trece ensayos que forman Buscando un Inca, titulado «República sin ciudadanos», bosqueja una biografía del racismo en el Perú —que, por cierto, funciona como la contraparte dialéctica de la historia de la utopía andina—.
La lectura de Buscando un Inca confirma que la sierra es, en el mapa de la imaginación y la vida social peruana, el territorio de los grandes enfrentamientos: el escenario donde la historia puede alcanzar una estatura trágica. Cuando uno relee Aristocracia y plebe, el libro que Flores Galindo dedicó a la Lima del siglo XVIII, lo que aparece en contraste es una sociedad crispada, autoritaria y recorrida por múltiples tensiones, pero en la que —precisamente por el carácter centrífugo y disperso de la violencia— es impensable una gran rebelión, un movimiento orientado a cambiar el curso del país. En los años veinte del siglo pasado, los intelectuales contestatarios —socialistas, apristas o indigenistas— imaginaron también el cambio redentor como un vasto río o un aluvión que habría de originarse en los Andes. Cuando aún firmaba sus notas elegantes e irónicas con el seudónimo Juan Croniqueur, José Carlos Mariátegui vio con entusiasta simpatía el fallido alzamiento del mayor Teodomiro Gutiérrez, alias Rumi Maqui, en 1917. La restauración del Incario no fue el objetivo de quienes se opusieron al orden oligárquico y formaron el espectro de la izquierda marxista o nacionalista en el siglo XX, pero —de un modo u otro— la revolución habría de tener un sello telúrico y andino. Sin la intervención de las masas campesinas y de las muchedumbres de migrantes a la costa, la deseada transformación del Perú no habría de tener lugar: para divisar el horizonte utópico en el Perú, era indispensable subir a las cumbres serranas. En el noveno de los ensayos que conforman Buscando un Inca, Flores Galindo no solo describe y expone esa percepción del país y su posible futuro. Uno advierte que la suscribe, aunque templada por la conciencia de que el desenlace revolucionario no era el único de los posibles. En efecto, no lo fue, pero los problemas, las realidades y las esperanzas que alimentaron el último libro de Alberto Flores Galindo no han desaparecido: el Perú de nuestros días aún hierve.

* Escritor y crítico literario. Ejerce la docencia en la Universidad de Boulder – Colorado, Estados Unidos.

desco / Revista Quehacer Nro. 156 / Set. – Oct. 2005

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